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Crónica de un perdedor, a propósito del Día Mundial de la Bicicleta.

Se preguntarían si me había dopado. Me desperté a las 4 de la mañana y desayuné la cantidad que la hora permitía. La noche anterior comí menos pasta de la prevista, no recuerdo por qué. Ignoraba las dimensiones reales del esfuerzo. Me llevaron en carro hasta la Estación Uribe, a las afueras de Manizales, y bajé 24 kilómetros hasta Chinchiná (el pueblo cafetero por excelencia) con un grupo de 4 ciclistas desconocidos que también iban para el primer Reto de Montaña. El nombre no era una estrategia publicitaria poco creativa, era realista: subir pedaleando desde Chinchiná hasta la Laguna Negra, en la vía hacia el Nevado del Ruiz, más de 60 kilómetros; la partida estaba a 1378 metros sobre el nivel del mar y la meta a 3853.
No era una carrera, pero uno siempre fantasea con el triunfo, ¿no?, con ser el mejor de la historia, el nuevo Michael Jordan en versión compacta y pálida: de eso vivimos los que hacemos perder al equipo. Los tesos, los duros, los diestros, los habilidosos, los fenómenos, los cracks, en la ensoñación, en la utopía de los troncos del mundo. ¡Uníos!
Cuando llegué al punto de partida vi que todos tenían excelentes bicicletas y equipos, mejores que los míos, mucho mejores que los míos (quizá ese hecho me sirva como excusa posterior). Pero no, yo no comía de eso, puro visaje. Me ubiqué en los primeros lugares para salir y darlo todo desde el principio, al lado de unos rolos muy engallados. Había mucha gente, todos desconocidos para mí, varias ciclistas que verdaderamente valía la pena observar.
Bastaron 3 kilómetros de esa subida, que no era tan empinada, pero sí constante, para darme cuenta de que los que estaban poniendo el ritmo eran fuertes, muy fuertes. Hablaban como si estuvieran de paseo, solo les faltaba prender el cigarrillo, y yo como loco metiendo cambios, a ver si a punta de fuerza les aguantaba. Obviamente ponía cara de que nada pasaba, pero estaba mal hermano, hasta ganas de orinar tenía. Uno de los de logística del evento me miraba con la misma fe que los profesores de educación física en el colegio: nula. Yo lo había conocido porque trabajaba en el almacén del organizador (Topito, un amigo) y desde el principio se notó su escepticismo. La cara habla y la mía dice que soy flojo, pero la cara también miente a veces. Espero, porque me queda toda la montaña.
Lo más bravo era el calor y ver tantos cafetales que no se acababan y voladeros y barrancos. Entré en una especie de trance y llegué pedaleando con el lote de los duros al primer punto de hidratación, en Manizales. De verdad, no tengo ni idea cómo. El tipo de logística me miraba perplejo. Alguien gritó que paráramos y arrancáramos todos juntos para no partir el grupo, o algo así. Yo tiré la bicicleta y oriné ahí, delante de todo el mundo, contra mis principios, en éxtasis plotiniano, como si fuera lo Uno, la única cosa que importara en la vida. ¡Qué momento! No alcancé a comer nada, pero sí a tomar agua, por lo menos, si no me hubiera muerto. De todas formas, montar en un grupo tan grande, a ese ritmo, se sentía como el puto Giro de Italia.
Pasamos Manizales y seguimos la vía al Magdalena, por la que se va a Bogotá, a través de uno de los dos cruces de la Cordillera central, el Alto de Letras. En esa montaña implacable,  inspiración de Mordor, está el Nevado del Ruiz y, a sus pies, la Laguna Negra, nuestro destino. Yo ya me imaginaba los aplausos de la gente cuando llegáramos, mis futuras carreras en Europa, una vida próspera como deportista. Los carros nos pitaban y las personas gritaban, “¡ánimo!”, y yo escuchaba, “¡Pablo! ¡Vamos Pablo! ¡Campeón!”. Pero apenas habíamos empezado a subir nuevamente, cuando uno de estos bárbaros atacó. En ciclismo, atacar significa aumentar el ritmo considerablemente para dejar atrás a los contrincantes. A la mayoría de los contrincantes que tenía ese día, el tipo no los pudo dejar, pero a mí sí, naturalmente.
 
Sentí encima el hielo del fracaso, de la derrota, nuevamente. No fue inmediato. Cedí terreno, pero poco a poco: luché hasta el final. Luego vi que la distancia con el lote aumentaba y lo peor, que me alcanzaban algunos de los que venían atrás. Recordé el día que seleccionaron a 11 integrantes del equipo de baloncesto para ir a un torneo en Bogotá, yo era niño y nunca había viajado solo. Me dijeron que era el número 12: iría si a alguien le pasaba algo. Lamentablemente a nadie le pasó nada, digo, una fractura, un accidente de tránsito, algo leve.
Al poco tiempo me quedé solo, absolutamente solo en esa carretera pendiente y sinuosa. Ya ni si quiera veía el lote de adelante. Empezó a hacer frío y era más difícil respirar, por la altura, pero todavía mantenía un paso decente, creo, y no perdía las esperanzas. Eso tenemos los perdedores de oficio, conservamos la esperanza contra cualquier evidencia, nos sobreponemos ante cualquier desengaño, pero no al estilo del que se supera, sino al del perdedor sistemático, vocacional. “¡Pablo! ¡Grande, Pablo!”, escuchaba en medio de la niebla. Pasó la moto que llevaba al fotógrafo y me tomó la única en todo el evento.
SMXLL
Llegué al segundo punto de hidratación en un sector conocido como Sabinas, donde siempre caía un derrumbe. Era un descanso, sí, pero también el inicio de lo peor. Comí lo que pude: tres papas saladas, dos brownies y un banano. Empezó a llegar más gente, toda pálida, como yo, o incluso más. De pronto vi a alguien conocido, con el que había estudiado en el colegio, Gil. También estaba en una bicicleta mejor que la mía, mucho mejor. “Le rindió hasta acá”, me dijo. “No, pues, salí con los del primer lote y les aguanté hasta Maltería, pero ahí me descolgué”, respondí. “Antes les aguantó mucho. Esos manes son tesos, uno de ellos corrió el Tour de L’Avenir”. “Uy, Gil, hermano, cómo así, yo no tenía ni idea, con razón, que ritmo tan bravo. Si hubiera sabido, habría arrancado con otro grupo”.
Después llegaron dos rolos engallados, que solo tomaron agua y arrancamos los cuatro. Ellos, Gil y yo. Armamos gupeto, como dicen. De inmediato me di cuenta de que no podía seguirles el ritmo. Yo lo reconozco, la cagué desde el principio. Cometí el error del ciclista de cabeza caliente y me fundí en los primeros kilómetros, de pura soberbia. Hubiera podido llegar con Gil, en un puesto decente, pero no, me pudo la ambición. Me volví a descolgar, otra vez la montaña y yo.
El nuevo objetivo, más realista, era llegar a la meta. Lo veía difícil porque me empezó un dolor en el pecho que parecía de infarto. ¡Mierda!, lo que faltaba, me voy a morir acá, a lo Tom Simpson, pensé. Bajé el ritmo y empecé a pedalear “al pasito”, es decir, despacio, con nadadito de perro. El frío ya era grave, porque además llovía y la lluvia por allá es fría sin joder. Me tapé la boca con uno de los trapos que venden para eso y volví a maldecir por haber dejado los guantes en la casa. Puta montaña, pensé, pero no mucho, para que no se desquitara conmigo. ¿Qué más digo? Di un pedalazo, luego otro, otros 100, luego otros mil… ¿Cómo hacen los narradores de esta vaina?
Llegué al tercer y último punto de hidratación, en el sector de la Esperanza. ¡La esperanza! Me recibió el de logística, que no podía creer que hubiera llegado hasta ahí, y bien ubicado en el grupo general. Ya faltaba poco y mucha gente se había retirado, incluso los rolos se habían unido al grupeto de Gil. Me dolía el estómago, pero me comí otra papa y uno de esos brownies adictivos. El sonido del aguacero contra el plástico de la carpa aturdía. Hubo varias personas que decidieron retirase, entre ellas uno que venía desde Pereira en bicicleta de montaña: otro nivel. No, ya estando acá, hay que terminar, pensé, no me voy a dejar ganar de esta puta montaña.
El de logística me impulsó la bicicleta para arrancar. No era para tanto, de verdad, fue bonito el gesto, pero tanta lástima tampoco, hermano, por favor. Si hubiera sido a todos, ¿pero solo a mí? En todo caso, arranqué. La vía estaba en muy mal estado, desde ese punto era casi destapada: las manos me dolían por el frío y la vibración y pedalear era más difícil. El paisaje ya era de páramo, muy bonito y todo, pero quién se iba a fijar. La cuestión era de supervivencia, de verdad, de aguantar el dolor hasta en las güevas.
Iba de primero y me faltaba solo el último tramo, el repecho final. Todavía me dolía el pecho, pero ya me había convencido de que no era un infarto, después de una larga disertación. Tenía la mandíbula desencajada. “¡Pablo! ¡Fenómeno! ¡Pablo, vamos!” Desde ahí se escuchaban los aplausos, el ánimo del público, las risas de los niños y el llanto de las mujeres, que se confundía con la nostalgia del Nevado del Ruiz, el gran Kumanday, como le pusieron los indígenas y se ha debido quedar. Al llegar, en solitario, se preguntarían si me había dopado.
Pablo Aristizábal Castrillón